La dictadura del clic: provocación digital y control social (Escribe Gustavo Chiriff)

Vivimos en un mundo acelerado y en una sociedad profundamente capitalista, donde el individualismo feroz le va ganando la partida a lo colectivo. En este escenario, la dominación no se ejerce hoy militarmente, sino de una forma mucho más sutil y peligrosa. La élite actual no solo controla los medios de producción y el aparato estatal; su verdadero poder radica en la imposición de una hegemonía cultural que moldea nuestra forma de pensar a través del llamado «sentido común».

Ya lo advertían Karl Marx y Friedrich Engels en su obra La ideología alemana: «las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante». Esta premisa del materialismo histórico sigue más viva que nunca. Los dueños del poder monopolizan el conocimiento, los símbolos y las narrativas cotidianas. A través de los medios masivos, logran algo perverso: que las profundas desigualdades sociales sean vistas por la clase trabajadora como algo natural, inevitable y hasta normal. El mecanismo más efectivo de control ya no es la fuerza, sino la domesticación ideológica.

Sin embargo, ni Marx ni Engels habrían podido dimensionar el nivel de sofisticación que este aparato alcanzaría en el siglo XXI con la llegada de las redes sociales. Hoy, para la derecha política, la provocación digital no es un simple enojo en internet ni un debate espontáneo. Es una estrategia fríamente calculada para construir hegemonía cultural.

Cuando vemos a figuras políticas insultar, lanzar datos falsos o generar polémicas absurdas en las redes sociales, no estamos ante la falta de educación de un dirigente. Estamos ante un diseño político. Buscan captar nuestra atención a toda costa, radicalizar y unir a sus seguidores, y obligar a los medios de comunicación a hablar de lo que ellos quieren.

El verdadero peligro de esta estrategia es que explota temas polarizantes que dividen a la sociedad en debates morales o culturales superficiales. Mientras nos peleamos en la sección de comentarios por la última provocación de la semana, caemos en la trampa. Estas constantes cortinas de humo digitales cumplen su función perfecta: desviar nuestra mirada de los problemas departamentales que no son atendidos por el gobierno actual de Coalición Republicana. Las redes sociales se han convertido en el opio del pueblo moderno, y la provocación, en el arma favorita para que nada cambie.

Qué paradoja tan perfecta para el capitalismo del siglo XXI: creemos que somos libres porque podemos opinar en una sección de comentarios, cuando en realidad solo estamos alimentando el algoritmo que nos encadena. Las redes sociales no democratizaron el debate; sofisticaron la sumisión. Si Marx y Engels resucitaran hoy, no buscarían las cadenas en las fábricas, sino en las notificaciones de nuestros teléfonos móviles. El sistema ya no necesita reprimirnos; le basta con mantenernos lo suficientemente entretenidos y divididos para que nunca miremos hacia arriba. Desconectarse de su provocación es, hoy más que nunca, un acto verdaderamente revolucionario.

Téc. Univ. Gustavo Chiriff / PCU – Frente Amplio