Permisividad y mediocridad

Por Roberto Sierig (*) La sociedad permisiva, en apariencia (solamente en apariencia), parece producto de la libertad y por lo mismo opuesta a las sociedades totalitarias y represivas. Olvidando la antigua idea de que la libertad de uno termina cuando comienzan los derechos de los demás, la sociedad permisiva se refugia en el individualismo, en el vale todo, en la falta de límites.

La sociedad, escapando de un extremo, sin notarlo cae en el contrario.

Es una reacción social  inconsciente que se produce y se ampara en la desintegración de la familia, la sociedad ultraconsumista, los déficit educacionales, y en general en la pérdida de lo que podemos reconocer como valores morales. La sociedad permisiva  desvaloriza la excelencia y la responsabilidad y tiende a uniformizar emparejando hacia abajo.

Al comienzo debemos soportar las faltas de respeto, la inseguridad, el vandalismo contra monumentos y espacio públicos, que nos pinten nuestros muros, que existan lugares por donde no nos atrevemos a circular, etc. Una vez instalada la sociedad permisiva, sus efectos se ven en todos los órdenes de la vida. Los maestros que no corrigen las faltas de ortografía de sus alumnos, el descenso en el nivel de exigencia en los estudios, la mediocridad en el desempeño laboral, el desprecio por el aseo y la prolijidad, el bajo nivel de la calidad de las decisiones políticas, el desprecio por el sistema judicial y por la constitución, etc.

Está permitido todo lo que se hace. Se encuentran disculpas y nunca responsabilidades. Siempre se habla de derechos y nunca de deberes. Nadie fija los límites y se destruyen los que existen. Todo lo que suena a limitación y orden es visto como malo porque atenta contra lo que cada cual quiera hacer.  Esconde una falsa promesa de libertad que nos lleva directo a la pérdida de ella.

Esto ocurre cuando nos acostumbramos a pensar cómo vivimos en lugar de vivir como pensamos. Caemos en esa trampa por carencia de principios permanentes referidos al hombre y a su relación con la familia y a la sociedad.   La sociedad permisiva ha renunciado a los fines éticos personales y sociales.

Pero, ¿Acaso esto es inevitable? ¿Estamos condenados a la degradación? ¿No hay nada que el gobierno pueda hacer? Al contrario, es el gobierno quien tiene la facultad de facilitar este proceso o de oponerse a él. Y este gobierno actual no deja dudas que ha facilitado esta degradación social que padecemos.  Este gobierno ha permitido que la fuerza de las ideas sea sustituida por opiniones sin argumentos. Es la política separada de la moral.

Los planes sociales pagados por todos no disminuyen la pobreza porque no se exige nada a cambio, los índices de la educación dirigida por corporativistas nunca fueron peores a pesar del enorme presupuesto que todos pagamos, la inseguridad que hoy ya tiene características impensables hace poco era considerada por el gobierno como “sensación térmica”, la liberalización de la mariguana es promocionada como beneficiosa para la salud y la seguridad por publicidades que nadie sabe quién paga ni que intenciones esconde, la victimización del delincuente a costa de la víctima. En esto ha quedado el prometido “País de primera.”

De todo esto no creo que pueda haber dudas. La duda puede estar en si esta situación obedece a la incapacidad o a la planificada voluntad de algunos.

Pero este proceso es reversible. Y como ejemplo de que se puede revertir desde el sector político se me ocurre nombrar la prohibición de fumar en espacios públicos, o la obligatoriedad del uso el casco para motociclistas. Ambas medidas fueron muy resistidas pero hoy nadie duda de sus ventajas y a nadie se le ocurre contravenirlas.

Tarea para el sistema político y el educativo, pero principalmente para nosotros los votantes que debemos ir definiendo para que lado llevar nuestro voto.

Mientras menos se piensa por cuenta propia más se depende de las ideas ajenas.

 

(*) Dirigente de la Lista 50 del Partido Nacional.