Jorge Luis Borges a 30 años de su muerte, con su obra inmortal

Jorge Luis Borges se dio cuenta de que la visión empezaba a fallarle tras ser nombrado director en la Biblioteca Nacional, en 1955. Rodeado de libros, supo que nunca más volvería a leerlos. “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría de Dios/ que con magnífica ironía/ me dio a la misma vez los libros y la noche”, escribiría luego en su “Poema de los dones”. A partir de entonces, necesitó cambiar su método de trabajo literario: primero hacer borradores, luego se acostumbró a dictar, asumiendo con ello un estilo oral. María Esther Vásquez, una de las personas que durante años tomó sus dictados, comentaba cómo el escritor dictaba de cinco o seis palabras, antes de hacérselas leer. Así, después de tres horas de trabajo, lograba media carilla que ya no necesitaba correcciones.

Ciego durante la larga segunda mitad de su vida, el Borges que ha llegado hasta nosotros se define por la oralidad: “Al igual que Mafalda, aunque ya sabes los finales, a Borges lo lees siempre y parece siempre nuevo”, señala el escritor argentino Fabián Casas. Y añade: “Cuando recuerdo las frases e ideas de Borges, lo recuerdo con su voz tan particular, imitada hasta el hartazgo. Aunque lo esté leyendo ahora mismo, su efecto siempre es oral”. En efecto, Borges se interesó entonces por comunicar sus ideas a un público masivo a través de la radio, la televisión y, cómo no, las entrevistas de prensa, a las que siempre accedió. Así, en amena tertulia con César Luis Menotti, entonces entrenador de la selección argentina de fútbol, publicada en 1978, el DT celebra sus frases exclamando: “¡Usted es fantástico. Hay que escucharlo, nada más!”, a lo que el escritor responde: “No, mi hijo, ponga 10 centavos en la ranura y siga dándome cuerda”.

A 30 años de su muerte en Ginebra el 14 de junio de 1986, queremos seguir dándole cuerda a ese Borges oral, lo que pareciera paradójico, pues se trata de un escritor de escritores. Sin embargo, como advierte el escritor y embajador peruano en La Haya, Carlos Herrera, la idea le habría gustado al autor de “El Aleph”, maestro de la provocación y de la paradoja como era. “Esas respuestas eran verdaderos aforismos”, señala. Como Wilde, Voltaire o Montaigne, Borges es uno de esos autores cuyas frases medio mundo cita, aunque jamás lo hayan leído. Sin embargo, como advierte su colega Fernando Iwasaki, el Borges oral resulta maravilloso gracias a su contraparte: una obra fascinante. “Nadie vive en olor de aforismo, pero Borges tenía la capacidad de perfumar de genialidad cualquier instante. Por eso no habría libro más fragante que esa seductora compilación de momentos en los que Borges estuvo sembrado”, afirma.

Suele pasar que el personaje público termina comiéndose la obra de un autor, pero como explica la cronista argentina Leila Guerriero, ese no es el caso de Borges. “Su obra corría por esos dos andariveles: el escritor genial que era y el genio verbal que cultivó. En épocas como estas, donde prevalece la inelegante cultura del yo, Borges seguramente tendría mucho para decir. Son personas como él las que hacen pensar, las que provocan incomodidad con sus opiniones”, señala. Enrique Prochazka, escritor peruano radicado en Estocolmo, está de acuerdo: “En al menos un texto célebre, Borges intentó trazar la raya entre su propia persona íntima y el autor famoso. No lo logró, probablemente porque él mismo no lo quería o no lo tenía muy claro. Lo mismo puede decirse de la diferencia entre el Borges escritor y ese hombre argentino que durante medio siglo habló ante los micrófonos. Borges es, para mí, el más alto lenguaje hablado”, señala.

Para Alonso Cueto, el genio de Borges para la improvisación creativa se mostró desde sus primeros años. “Cuando su madre lo reprimía por alguna malacrianza, y le decía al pequeño Georgie que admitiera que lo había hecho sin querer, su hijo le contestaba: ‘Lo he hecho con querer’”, recuerda. El autor de “La hora azul” añade como prueba de este precoz humor los epitafios que hiciera luego con el grupo San Martín: “Por entonces, un novelista llamado Manuel Gálvez escribió la famosa e insoportable ‘Nacha Regules’. A él le dedicó Borges el siguiente epitafio: “Aquí yace Manuel Gálvez, poeta bien conocido. Si aún no lo has leído, tal vez aún te salves”. En otra ocasión, estando en el entierro de un poeta muy mediocre, Borges susurró al oído de un amigo: “Este es un entierro póstumo”.

Quizás muchos hayan leído mal a Borges, considerándolo un autor solemne y circunspecto, tomándose en serio hasta la misma ironía de sus textos, considera el escritor y crítico José Carlos Yrigoyen. Para él, sin embargo, la prueba de humor sutil y elegante se delata en sus numerosas entrevistas. Como la que le concedió al escritor Fernando Ampuero, de la que Jeremías Gamboa recuerda un intercambio: “Cuando Fernando le dice, sin capacidad de ocultar su admiración, ‘Borges, usted es un genio’, Borges le responde: ‘No crea, son calumnias’”. Para el autor de “Contarlo todo”, ese juego rápido de palabras es un buen ejemplo de su ironía a flor de piel, de su hipermodestia irónica, que era una manera corrosiva de reírse de sí mismo y de los demás. Por su parte, Jerónimo Pimentel recuerda la entrevista que le hizo el periodista César Hildebrandt para la revista “Caretas”, publicada en 1978: “Le regaló una lapidaria genial dirigida a Perón: ‘Un rufián muerto sigue siendo un rufián. Y un cobarde muerto no es un valiente. La muerte no beneficia tanto’”, dice el escritor, para quien la mezcla de ironía y modestia crea en Borges un coctel formidable, síntoma de su genio. “Con su muerte, perdimos esa brillantez oral, aunque alguien podrá decir también que nos hemos ahorrado –y esto no es poco– sus desafortunadas opiniones políticas”, añade Pimentel.

A 30 años sin Jorge Luis Borges, está claro que nos quedan sus maravillosos libros, pero más claro nos queda que difícilmente su obra se iguale en la actualidad.

Jorge Luis, o Simplemente Borges, es el hombre que le ganó al olvido.