Don Aníbal Semblat. Un gran Hombre. Por Leonardo Vinci.

Cuenta Don Antonio Catalá que Semblat nació 100 años antes que yo.

Fue Jefe de la Oficina Telegráfica de esta ciudad.

Se desempeñó como Juez de Paz en Campaña, comerciante y y hacendado.

Al fallecer su padre,- Don Mauricio,- se hizo cargo del “Ecos del Progreso”.

Cuando el dictador Latorre impuso la mordaza a la prensa, “El Progreso” protestó con viril indignación contra este atentado brutal de la tiranía y ello le valió a su Director ser atropellado cobardemente por los esbirros del tirano (dos sargentos del tercero de cazadores) y apaleado brutalmente en las calles de Salto durante la noche. Así surgió como diario de combate de aquellos días del año terrible, distinguiéndose por su propaganda viril e independiente. Al atentado sufrido por Don Mauricio, siguió la órden de clausura del diario y entonces apareció por la misma imprenta con cuyo nombre se quiso significar que la presión de la tiranía no había logrado apagar el eco de su Diario “Ecos del Progreso”

Aníbal Semblat al frente del “Ecos del Progreso” mantuvo en todos los momentos de lucha la bandera tradicional de combate de esta hoja y no buscó más estímulos para su propaganda que la sanción popular. Como hombre de iniciativas, concurrió a la construcción del edificio del Ateneo, obteniendo por medio de sus amigos una importante cifra para dicha obra, conducta que le valió ser nombrado socio honorario del centro.

Concibió la idea de dotar a su partido de un edificio propio administrado por un Asociación cuyos estatutos proyectó y al efecto inició una suscripción entre los correligionarios. Con este motivo fue nombrado Presidente Honorario a perpetuidad.

Semblat ocupó la banca en la que anteriormente se desempeñara Batlle y Ordóñez siendo Diputado por Salto en más de un período.

Salto lo recuerda en uno de sus sueños: el Puerto. La plazoleta del resguardo lleva su nombre.

En 1899 Semblat decía: “La vida democrática de un partido político no se vigoriza, ni aumentan sus prosélitos ni éstos se yerguen, luchan y vencen, sino a condición de estrechar sus filas, entrechocar sus raciocinios, confundir sus pensamientos y enarbolar una misma bandera en cuyo paño vaya netamente escrito sin cobardías que la abatan, los viejos lemas que lo fortificaron en sus patrióticos afanes.

La vida democrática de un partido político tiene que arrancar de aquellos impulsos que la arrojen decididamente en el campo de la lucha, a pecho abierto y corazón batiente; la vida de una agrupación política para alcanzar el rango visible de una existencia digna, fecunda, tiene que agitar los recuerdos de sus luchas originarias; tiene que reverenciar a aquellos que cayeron en el charco trágico de su propia sangre; tiene que entonar un salmo de aquellos de sus héroes que virilmente se inmolaron en sus holocaustos, y tiene, en definitiva, que evocar la sombra de sus soldados, sus poetas y sus viejos caudillos…”