¿Que pasa con las encuestas?

Las encuestas de opinión pública se basan en una investigación de campo, preguntando a un grupo de ciudadanos elegidos de acuerdo con un método científico, basado en probabilidades a las que se llega luego de un conocimiento de las características de la población estudiada y su distribución geográfica. Esas –en Uruguay y especialmente en Salto– siempre le han errado y a veces, bastante feo.

¿Quiere un ejemplo ilustrativo? Las últimas elecciones presidenciales.

2) Las encuestas a boca de urna que se basan en preguntarle qué votó, al ciudadano que se retira de la Mesa de votación. Dan por descontado que el ciudadano contesta la verdad y adolecen del handicap de un porcentaje importante de personas que se niegan a contestar. Estas también suelen errarle feo.

Aunque la empresa encuestadora aclare –en la letra pequeña del informe, digamos– que la encuesta es un ensayo de estado de opinión en un momento dado, son presentadas a los humildes ciudadanos de a pie como el veredicto de los Dioses. Y es allí que, más que informar, intentan crean opinión pública.

¿Podemos condenar a las encuestas por malignas y prohibirlas? Opino que sería un camino equivocado. En materia de prohibiciones, cuando se trata de opiniones, estoy como quemado con leche. Aunque sería bueno que –en lugar de denostarlas cuando no nos favorecen, o defenderlas a capa y espada con argumentos sesgados por parte de quienes las hacen– nos abocáramos en serio a explicar que ellas son un método imperfecto de anticipar resultados, aunque se equivocan y muchas veces feo.
Como eso de «fumar es perjudicial para la salud» que está escrito en los paquetes de cigarrillos ¿vio? Es insuficiente e ineficaz en nuestro país, todavía. Pero por algo se empieza.

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